Una sociedad de hombres que se juntan…

Diario de León – 16|12|2016
Cristina Fanjul
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Un estudio de un hispanista francés acaba de sacar a la luz datos desconocidos de la fundación del Casino de León a mediados del siglo XIX. La investigación revela detalles de una sociedad con las características de una incipiente modernidad.

El 23 de noviembre de 1851, por invitación de 23 individuos, se reúnen en el salón del Casino del Iris de León, hasta 34 futuros socios de la Sociedad Casino Leonés… Este será el germen del Club Peñalba-Casino de León, nacido en plena época isabelina, durante la década moderada y con Bravo Murillo en el Gobierno. León tenía apenas 6.000 habitantes y en todo el año se había dado licencia para la construcción de tan sólo tres casas: en la calle La Paloma, en la plaza de los Boteros o de Don Gutierre. Fue entonces cuando se realizaron una de las obras públicas más importantes de la ciudad, como la carretera León-Astorga, con el fin de dar trabajo a 200 «jornaleros pobres».

En este lugar surge la primera sociedad de León, el Casino. Tendrá 34 socios fundadores y otros cien «adictos». El Casino, que en la actualidad tiene su sede el paseo de Papalaguinda, tuvo su origen en la casa del señor Valgómez. De allí, pasó al palacio de los Torreblanca, y, posteriormente al edificio de Santo Domingo que en la actualidad ocupa el BBVA. Este inmueble, adquirido en subasta por las familias Mardomingo y Quirós por 500.000 pesetas en 1925, fue alquilada por la sociedad hasta su traslado al paseo de Papalaguinda.

Sociabilidad provinciana

Un estudio realizado por el hispanista francés Jean François Botrel en la obra La sociabilidad provinciana a mediados del siglo XIX: el Casino leonés, publicado por la Universidad de Rennes, da las claves de las condiciones y pretensiones que guiaron el nacimiento del club. Así, afirma que era una «sociedad de individuos con proyecto colectivo, organizada, jerarquizada, con normas y control de unas modalidades de acceso por coaptación, garantía de homogeneidad y defensa de una ‘buena sociedad’ muy preocupada por distinguirse de las demás clases». El número de socios variará entre 112 en enero de 1854, 79 durante el verano, 118 en diciembre y 150 en diciembre de 1856.

La investigación de Botrel revela, por ejemplo, que los socios destinaban a la sociedad entre 60 y 100 reales de cuota de entrada inicial, 120 al año y un promedio de 200 reales para ocupar un asiento en una mesa de juego o jugar al billar.

En 1855, la sociedad decide contratar un local para trasladar el casino y alquilar por 4.000 reales anuales la casa del Sr Valgómez, lugar en el que los socios invertirán miles de reales para «alhajar» el lugar mediante la construcción de una chimenea, empapelar la entrada y la escalera, hacer una mampara para el pasillo, comprar dos quinqués de pared, un farol para la escalera, comprar sillas nuevas, muselina adamascada, una mesa nueva de billar… Un sinfín de adquisiciones que hará que en 1856, los gastos alcancen ya los 52.354 reales. «Se puede observar cómo casi el 60% de los ingresos proviene del rendimiento de las mesas de juego o del billar y sólo un 36% de las cuotas ordinarias de los socios, cuyo número varía entonces entre 144 y 167»…

Destaca Jean François Botrel que una de las características del Casino es que no dispone de formulaciones reglamentarias sobre si se puede o no hablar de política, si está prohibido leer en voz alta o si debe guardarse silencio en el gabinete de lectura. «En el gabinete de lectura encuentran los socios cierto número de periódicos, tanto políticos como literarios y se procura que de los primeros los haya de todas las opiniones». Así, consta la suscripción de La Soberanía Nacional (progresista), La Esperanza (monárquico), la Independencia belga, El Faro Nacional, y El Centinela de Asturias.

El juego era una de las actividades más rentables. Se juega al ajedrez pero, sobre todo, a los naipes y al billar. En 1856 la sociedad adquirió 1.706 barajas .

El club se abre, en contadas ocasiones, a esposas e hijas, con motivo de los bailes, de etiqueta, y los conciertos. Se solían dar unos cinco o seis al año, entre las nueve de la noche y la una de la madrugada. En el caso de los días de Carnaval, el horario se amplía hasta las cuatro de la mañana. «Para dichas ocasiones se procede a la iluminación del salón y se contrata a una peinadora —también se puede remunerar a un peluquero— para asistencia del tocador y guardarropa.

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